Hoy he tenido un sueño malo y bueno a la vez. Mi madre se moría, o mejor dicho se iba morir. Estaba perfectamente de salud pero simplemente "la tocaba morirse". Aparecía mi abuela y me decía eso, que la tocaba morirse esa tarde. Sin más. Era su turno.
La parte buena (aparte de ver a mi abuela), era que la muerte no era un punto y final. Sino que era como si se mudara a otro sitio, donde yo podría ir a verla "siempre que quisiera", solo tenía que subir las escaleras de mi casa un poco más y la vería.
Ojalá fuera así. Ojalá pudiéramos ver a los que han muerto aunque fuera una vez más y poder decirles cómo nos va, preguntarles qué les parece mi vida, si se la habían imaginado así. Darles el abrazo que me quedé sin dar, ese beso de despedida, esa sonrisa de complicidad que no di en su día, y decirles que les quiero.
Te quiero. Qué dos palabras tan mágicas. Por una parte me gusta no decirlas casi a nadie y casi nunca porque ellos saben que se lo digo de verdad. Por otra me gustaría decirlo más, porque por mucho que sepan que ellos lo saben hay veces que necesitan que se lo diga y la sonrisa que se les queda en la cara no tiene precio.
Cada vez me encierro más en mí (salvo con él), y cada vez esas palabras salen menos de mi boca. Quiero decirlo antes de que sea tarde y necesite otra oportunidad que no llegará, porque la muerte no es como mudarse y poder ir a verlos cuando quiera.