Ese miedo a hacernos daño es más
fuerte que el querernos. Ese miedo a saber si el otro está bien, nos impide
hacer lo que realmente queremos. Anteponemos el bienestar del otro antes que el
nuestro. Nos gustaría que todo fuese como antes, que todo fuese color de rosa.
Aunque los dos sabemos que no es así. Que todo ha cambiado y que nuestra
relación tiene fecha de caducidad. Peor aún, esa fecha ya ha pasado. Lo único
que hacemos es intoxicarnos día tras día mientras fingimos que nuestra salud es
de hierro. Aparentamos normalidad. Pero nada es normal. Desde hace tiempo nada
lo es. Poco a poco se han ido rompiendo los lazos que nos unían. Nos hemos ido
separando, íbamos por caminos diferentes, pero ni siquiera lo sabíamos. Estaban
uno al lado del otro, como si de los dos carriles de la autovía se tratase.
Pero llegados a un punto, éstos se bifurcaban. Se convertían en dos autovías
independientes con distinta dirección y cada vez se alejaban más. Nos dimos
cuenta tarde, cuando ya no había cambio de sentido. Lo que no sabemos es si más
adelante volverán a encontrarse. Quizá cuando se encuentren ante un puerto de
montaña y tengan que bordearlo por el mismo sitio, aunque tú eres más de
túneles… Pero de momento todo el paisaje es llano y la carretera demasiado
recta. Por aquí el tiempo es “huevo frito” como a ti te gusta llamarlo. Espero
que por el tuyo también, que no haya nubarrones por el camino y que el final
sea un sol radiante. Y que, si quieres, me invites a visitarte a tu destino. Yo
no tengo ni que invitarte, tú sabes que esta ha sido tu casa, lo es y lo
seguirá siendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario